Sobre arte y politica

Hablar de lo político en el arte obliga a hacer un brevísimo resumen de los acontecimientos más importantes, al menos del último período del siglo XX y comienzos del XXI, para poder definir una postura propia.

Hasta la caída del Muro de Berlín, en 1989, el mundo se dividía en dos espacios ideológicos claramente definidos que no sólo hacían a la economía o los gobiernos sino que, durante muchos años, signaron la producción artística e intelectual de quienes trabajaban en el arte. Por aquellos años era más sencillo encontrar el límite entre “derecha” e “izquierda” y dentro de esos mundos, los matices más o menos radicales o centrales. La caída del muro modificó sustancialmente la manera de definirse de las personas, y también los artistas sufrieron ese cambio de perspectiva. Sin embargo, que esto sea así, no hace que la política haya desaparecido del plano de la creación. Aun si el artista no tiene una posición definida, no puede escapar al entorno en el que vive, y si se declara “apolítico” ya está definiendo una manera política de encarar la realidad.

Sin embargo, creo que en realidad es más que nada el atentado del 11.09.2001 lo que ha hecho cambiar claramente la postura del arte frente a la realidad y su responsabilidad política. Si bien la caída del muro genera un vacío ideológico y permite la “canalización” de los contenidos en el arte, esta situación vuelve a cambiar tras el atentado a las Torres Gemelas. Creo que a partir de esa fecha ya no es posible un arte completamente desligado de la realidad política mundial, aunque esta realidad no se perciba ya en términos ideológicos ni como dicotomía entre el bien y el mal.

Cabe, claro, la pregunta sobre qué es el arte, algo que ha llevado a los artistas y a los pensadores en general a extensas disquisiciones. El arte puede verse como un divertimento, una búsqueda de respuestas, una interpretación de la realidad, un intento de modificarla en la medida en que pretende llegar a su público y hacerlo pensar; tal vez sea todo eso, un poco más y un poco menos también.

No estoy de acuerdo con la afirmación usual de que el arte genera preguntas y no respuestas: el arte a mi entender es una búsqueda de respuestas, al menos a nivel personal y ya sea desde un punto de vista formal, teórico, político o social. Que a su vez genere nuevas preguntas a uno mismo y sobre todo al público, haciéndolo pensar, no contradice el hecho que la obra sea a su vez una respuesta: particular, personal, muy subjetiva, pero respuesta al fin. Divertimento es una palabra poco feliz, pero hacer arte es también un generador de felicidad, con todos los sacrificios, dudas, luchas que implica. No creo que el arte sea capaz de cambiar la realidad, ni tampoco creo que tenga el derecho de hacerlo, pero si de generar nuevos puntos de vista.

Mi relación particular con el arte surge de la libre asociación, al menos al comienzo del trabajo. Por asociación de ideas, por influencias de las lecturas del momento. Posteriormente hay una etapa de reflexión filosófica, una investigación racional. Pero al final es nuevamente la libre asociación la que genera decisiones, tanto formales como teóricas. Se trata de un proceso de “ir y venir” entre los distintas niveles de “pensamiento”, un constante intercambio de puntos de vista.

En ese sentido, todos mis trabajos, ya sean los actuales de video, como los dibujos y las iniciales instalaciones, giran alrededor de una constante: la violencia. La represión política, la guerra, las dictaduras, el terror, se manifiestan constantemente en mis trabajos, de modo escondido o explicito, y son el hilo de Ariadna que les da una unidad conceptual. A su vez me propongo rehacer una realidad supuesta que sólo puedo intuir. Mi obra es un intento de darle un rostro a una situación de violencia que en general no lo tiene. Las imágenes que de estas situaciones normalmente tenemos – algunas de la prensa, no tantas de la televisión – sólo consiguen hasta ahora banalizarlas o saturar al espectador sin darle una información real. Reconstruir una realidad fragmentada, entre ficción y realidad, imaginería e historia, es lo que intento con mis trabajos. Las imágenes muestran un universo anónimo, que es siempre el universo de la represión. En ese sentido puedo constatar que mi trabajo es político.

Creo que el artista debería ser alguien que percibe la realidad y a veces se adelanta a las circunstancias, o las resalta. El artista debe ser responsable de su discurso y hacerse cargo de él. Yo me hago cargo del mío  en cuanto lo defiendo, lo argumento y no reniego de él. No pienso de antemano sobre las conclusiones o juicios del público en lo que a mi persona respecta sino en lo que a la obra respecta. Es ella la que continúa el discurso, no yo. Además, soy un artista de esta época y mi arte se nutre de ella. No sólo porque es la que me ha proporcionado los medios adecuados para expresarme, sino porque de manera constante alimenta mis temas. Vuelvo a lo anterior. Para mí, el tema de la violencia: me “persigue”. Violencia en todos los posibles sentidos, opresión política, domestica, guerras, dictaduras. Las situaciones siniestras, inquietantes, pero siempre basadas en la realidad.

Sin embargo, encuentro un período histórico que me influencia: el barroco. No en su temática sino en su expresión formal. Justamente los tropos retóricos: la metáfora, la alegoría,  y sobre todo una teatralizacion, dramatización de la escena a partir del uso de diagonales, primeros planos fuera de foco.. La elección de ese lenguaje es conciente y por lo tanto parte esencial de la obra. Nuevamente puedo plantearlo desde un punto de vista político: no se si la intención es hacer pensar al hombre, sino mas bien hacerlo “sentir”, introducirlo en el espacio dramático ficticio, identificarlo con lo que esta viendo y así comprometerlo. El nivel de compromiso de cada uno y su consiguiente acción son aspectos cuasi íntimos de las personas. Pero apuesto a un público inteligente que sea capaz de ver. Cualquiera puede hacerlo, solo se necesita paciencia y voluntad. Y un artista puede darle eso al público: un espacio donde crezcan la paciencia, la voluntad y la sensibilidad.

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