Sobre el video Libertad

Recuerdos ante Libertad, de Héctor Solari
Carlos Liscano

Lo molesto no son los ruidos, es el no saber quién los hace. Es una frase que pensé hace muchos años y nunca escribí. No necesité hacerlo. La recuerdo siempre que un ruido me molesta. Si logro identificar el origen del ruido, deja de molestarme.
Fue lo que se me ocurrió cuando por primera vez vi Libertad, el trabajo de Héctor Solari. Hay en él golpes, ruidos, que me molestan. Del mismo modo que aquel día, hace más de treinta años, me molestaba una puerta que se golpeaba y yo no lograba ver. Fue así: era invierno, hacía viento, y una puerta pequeña, de metal, que quedaba fuera del ángulo de mi visión, se golpeaba y me golpeaba. El ruido, monótono, durante quince o veinte horas de corrido, llenaba la celda, se me metía en la cabeza, no me dejaba hacer nada. Parecía que en el mundo solo existiera aquel golpe repetido, que se transformaba en un castigo. Un castigo que no venía de la voluntad de nadie, que era la conjura contra mí del viento y una puerta que alguien había olvidado cerrar. Yo sabía dónde estaba la puerta y de modo totalmente irracional me parecía que, si lograba verla, el ruido dejaría de molestarme. Así fue que surgió la frase, tratando de definir aquella molestia que un hecho “incausado” me provocaba.
El otro recuerdo que me trajo el trabajo de Solari, simultáneo al de los ruidos, fue el de las manchas en las paredes de los calabozos. Parece que Solari se concentrara en detalles. Detalles de ¿qué? Así hacía un preso en un calabozo sin luz. Cuando el ojo se acostumbraba a la oscuridad y nuevamente empezaba a ver, se concentraba en las manchas de humedad de las paredes y encontraba un mundo: máscaras, animales, árboles, monstruos, paisajes. Todos los días la cabeza volvía a inventar esa especie de cine para poder ver una película diferente durante las dieciséis horas que duraba la vigilia.
Sobre el final aparece una imagen del penal de Libertad como si se estuviera incendiando. A mí me parece que se está incendiando, que de algunas celdas salen humo y llamas. Es una buena descripción del lugar. En el mundo quieto, despersonalizado por la represión, todo ardía porque ardía la cabeza de los presos.
Las imágenes de Libertad muestran un universo de anonimato, que es siempre el universo de la represión. El represor trata de no ser identificado y, a la vez, transformar al prisionero en un objeto. Para un buen profesional de la represión, los dos, torturador y torturado, deberían dejar de ser individuos en el momento de la tortura. Es una aspiración profesional que nunca se consigue del todo. Ambos, en algún momento, dejan de ser personas, pero luego vuelven a serlo, aunque degradados los dos, uno por la humillación y el otro por la deshumanización a la que debe someterse para poder torturar. A la entrada del celdario de Libertad había un cartel que decía: Aquí se viene a cumplir. Quería decir, supongo, que allí los presos y los carceleros estaban cumpliendo con un deber que estaba más allá de la voluntad de los individuos.

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